Recuerdo cuando era niña la alegría que eran los Mundiales.
Recuerdo de papá y
otros vecinos haciendo el rateo de dinero para comprar tintes con todos los
colores de nuestra bandera nacional. Luego, hacíamos juntos grandes dibujos en
las calles y aceras, con banderas, bolas, estrellas, mensajes de optimismo y
motivación para nuestra selección y producíamos unas banderas coloridas pegadas
en cordel, que las colgábamos en toda la extensión de nuestras calles.
¡Todo era una gran fiesta!
Y me recuerdo que no era solo nosotros. En todas las
ciudades, barrios, Estados… En cada rincón del país, todos hacían lo mismo.
Nuestro país se convertía en un inmenso salón de fiestas, con la samba y el
fútbol, como siempre, uniendo a las personas.
Por un momento, todos
los problemas financieros eran olvidados. Las divergencias políticas se
dejaban de lado. Nuestras grandes
preocupaciones eran en qué casa íbamos a ver los juegos, quién llevaría el
cacahuete y quién iba a hacer la barbacoa...
¡Qué buenos tiempos eran ésos! En los días de juegos, las empresas regalaban a los adultos
sus días laborales como si fueran festivos. Me acuerdo de mi papá y mi mamá
llegando temprano en casa, felices por el día todavía estar claro.
Para mí, dentro de la ilusión de mis 4 años, todo parecía un
día de sábado en una tarde de verano. (Aunque en realidad los Mundiales suelen
ocurrir cuando es invierno en Brasil).
Pero por fin, como ves, yo crecí.
Muchos Mundiales vinieron después de este, en especial.
El último, incluso, fue realizado en Brasil.
El último, incluso, fue realizado en Brasil.
¡Mira que conquista para mi país! El reconocido país del
fútbol y de la samba, ahora siendo el anfitrión de todos los que aman al
fútbol. Pero los tiempos habían
cambiado…
Yo misma ya no miro más con tanta ilusión y magia a la
fiesta que antes poblaba de alegría mis memorias infantiles. Y creo que con el
resto de los brasileños pasa igual...
Siquiera recuerdo si en este Mundial la gente se puso a
pintar las calles o no. Sé si, seguro que no me tocó. Pero lo que recuerdo sí, es
que la gente en nada se animó a celebrar como hacían antiguamente. Unos incluso se negaron.
El desempleo, la
política, la súper facturación en la construcción de los estadios, además del
precio alto de la carne para la barbacoa, nos impidió de celebrar con una gran
fiesta como era la costumbre. ¡Y peor,
he! Tomamos un goleado de 7 a 1 para destrozar el encanto con llave de oro.
Ahora, justicia sea hecha… Tengo que decirles que tampoco ha
sido un desastre completo recibir a los gringos
en nuestro país. (Llamos gringos a
los extranjeros).
En cuanto posible, entre una cazuela y otra siendo batucada en las ventanas de los edificios, o entre la predicción de una crisis eminente que arruinaría de vez nuestros planes y sueños (algo que luego sucedió), entre todo esto, abrimos las puertas de nuestro inmenso y lindo país y recibimos a la gente con todo el calor, sonrisa y la “malemolência” típica de los brasileños, como buenos anfitriones que somos.
En cuanto posible, entre una cazuela y otra siendo batucada en las ventanas de los edificios, o entre la predicción de una crisis eminente que arruinaría de vez nuestros planes y sueños (algo que luego sucedió), entre todo esto, abrimos las puertas de nuestro inmenso y lindo país y recibimos a la gente con todo el calor, sonrisa y la “malemolência” típica de los brasileños, como buenos anfitriones que somos.
De mi parte, les confieso que no topé con ninguno de los gringos por la acera, así que no hice
nada extraordinario… Pero sé bien que
los que les toparon, nos representaron a contento y cumplieron con éxito la
tarea de les presentar nuestras grandes riquezas más allá del futbol: la capirinha, la paçoca, la samba, el funk, la coxinha, la tapioca y el @Chapolinsincero. Bueno, podría añadir
aquí también el brigadero, los “fios dentais”
en las playas, los vatapás y acarajés entre otras cosillas más, pero
la lista quedaría demasiado grande.
Del hecho es que pasado el mundial, nuestras vidas quedaron
igual a las calles después de un día de
elecciones. Hecho una mierda. Papeles por todos los lados (en nuestro caso, las
facturas acumuladas con intereses altísimos) y claro… Nadie sabiendo cómo hacer para
limpiar toda la suciedad que día tras día solo hacía crecer… Hasta que llegó la
Lava Jato.
El juez Sergio Moro, las verdades siendo explicitas, las cosas saliendo debajo de la alfombra.
No sé bien decir si la Lava Jato llegó limpiando o si tirando de una sola vez toda la mierda en el ventilador. El resultado, bien… ya lo saben. Y si no, todavía no pierden mucho…
El juez Sergio Moro, las verdades siendo explicitas, las cosas saliendo debajo de la alfombra.
No sé bien decir si la Lava Jato llegó limpiando o si tirando de una sola vez toda la mierda en el ventilador. El resultado, bien… ya lo saben. Y si no, todavía no pierden mucho…
Ya cuanto a mí, ajena a todo esto, agradecí a mí abuelo por
la felicidad de regalarme la doble nacionalidad y, con una mezcla de alegría y
pena, dejé mi “primer” país rumbo a la
segunda oportunidad.
Hice las maletas, dejé mis hijos para venir primero abriendo
los caminos, superé el dolor de la añoranza y aquí estoy, intentando la vida en
la ciudad grande, como decían nuestros pobres inmigrantes en Brasil.
Empezar desde cero es un desafío que afronto a cada día. Sí
que tengo mi trabajo, mi pisito y mis papeles en regla. Pero mira tú: una vida
entera trabajando como copy en portugués y ahora tengo que reinventarme como copy en España. ¿Fácil? Ni un poco.
Seguro que ya debes tener encontrado un par de errores a lo largo de esto texto. Pero vamos… Empezar desde cero no es nada de nuevo cuando tu propio (primer) país te tira todas las esperanzas a la basura, te dejando mucho más allá del menos cero.
Seguro que ya debes tener encontrado un par de errores a lo largo de esto texto. Pero vamos… Empezar desde cero no es nada de nuevo cuando tu propio (primer) país te tira todas las esperanzas a la basura, te dejando mucho más allá del menos cero.
Ahora han llegado a mis hijos. ¿La añoranza acabó? Quisiera.
Hecho de menos a mis padres, mis hermanos, a mi abuela ya viejita que siquiera sé
si un día volveré a ver.
Pero siento una paz en mi pecho que allí era imposible de
tener. Mientras tanto, confieso también
que sigo un tanto dividida. Entre rogar a Dios que me garantice el día de
mañana, que me permita encontrar un empleo que pueda cobrar un poquito más
(gano 1/3 del sueldo de Brasil ya convertido para euros) y garantizarme un
futuro sin deudas y entre recordar el pasado y contar cuantas y cuantas veces
fue feliz en mi país y siquiera lo sabía… O sabía, sí. Pero no valoraba tanto
cuanto debería. Es que ahora de lejos veo el Brasil que conocí a margen de un
gran precipicio… Están acabando con el país y los sueños de los viven allí.
Pero bueno… Hay que mirar más adelante. Como siempre digo a
mis hijos: el imposible no existe en nuestros diccionarios. Entonces, no pasa nada.
El artículo de hecho era solo para sacar una duda… Es que
viene otro mundial por ahí ¿verdad? Y
mira lo bueno que es aquí… Los cacahuetes cuestan demasiado barato. La cerveza
solo 1 euro. Hasta los anacardos brasileños cuestan bien menos que en Brasil. Y aún tenemos
el jamón (¡Ojo! A mí, los lomos de bellota son infinitamente
mejor). Pues… ¿Será que van a pintar las calles también? Adornarlas todas con
banderas de colores y…
¿Y ahora? ¿Voy vibrar por España o Brasil? Bien, si fuera por
el Tite, sería Brasil. Pero por gratitud, sería España hasta el último pelo de
mi cabello.
Ahora, pintar la calle y pedir un festivo… Es que ya no sé.
En mi calle, por ejemplo hay todo tipo de extranjero. Son moros, chinos,
búlgaros y otros que siquiera imagino. Pero españoles seguro que no son. Y hay
españoles también, ¡claro!
Bueno… Pintamos la cara dentro de nuestras casillas. Mejor.
Compramos la camisa que nos toca, contratamos un paquete de futbol en la tele y animamos el equipo que está ganando. Al final, hoy ya no me importa más el equipo que vence, sino revivir la alegría que dejamos perdidas en algún rincón del pasado, cuando la infancia era buena y simple.
Compramos la camisa que nos toca, contratamos un paquete de futbol en la tele y animamos el equipo que está ganando. Al final, hoy ya no me importa más el equipo que vence, sino revivir la alegría que dejamos perdidas en algún rincón del pasado, cuando la infancia era buena y simple.
Erika Mateos. Brasileña, española, publicista y pérdida en el mundo y
en los recuerdos de una infancia feliz y lejana.

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